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sábado, 9 de julio de 2011

Todo sobre mi madre (1999): Mujeres, dolor y vida

Describir una película de Pedro Almodóvar es tener que hablar de sus mujeres. El gran Joaquín Sabina lo hizo magistralmente en su canción Yo quiero ser una chica Almodóvar, en la que hace un recorrido, no solo por las actrices, personajes y películas del director, sino que también hace referencia a todas esas mujeres que influyeron en su modo de ver y contar la vida. Marilyn Monroe (en Some Like It Hot), Holly Golightly (de la novela Desayuno en Tiffany de Truman Capote) o Sara Montiél, recordada en su ilustre película El último cuplé (1957).

Dicho esto, me atreveré a indagar y opinar sobre la película más emblemática del director español, Todo sobre mi madre, sin hacer, por supuesto, caso omiso a las protagonistas de la trama: las mujeres.

La historia relata la vida de Manuela, una mujer que, mantiene concentrados en sus profundos y distantes ojos claros, un intenso secreto. La mirada de su hijo Esteban, responde con interrogación los de su madre. Este joven aspirante a escritor, para poder encontrarse consigo mismo, sus páginas y palabras, necesita saber sobre su padre.

El detonante del film se encuentra con la muerte de Esteban, a partir de este instante, el personaje de Manuela, desgarrado por la irremediable perdida, emprende una búsqueda al pasado. Almodóvar le da a su mujer un tratamiento de profundo dolor. En su búsqueda, se encuentra con experiencias diversas, absurdas, y personajes tan disparatados que dificulta la posibilidad de creer que tales seres y situaciones representen un sector inevitable de la sociedad.

Almodóvar, como característica propia de la movida madrileña de los 80s, retrata en su trama una cruel y frívola verdad. Ya no vemos solo el humor parlante y crónico de Mujeres al borde de un ataque de nervios. Pese a no estar ausente el factor risa que caracteriza su cinta, el ambiente de Todo sobre mi madre es lúgubre, oscuro, lleno de extraños hombres que solo lucen orgullosos su fachada y estética de labial, tacones y falda, en las penumbras de la oscuridad.

La escena que dirige el encuentro de Manuela con Sagrado (su amiga transexual) se desglosa con un tono de suma medición al recorrer la ciudad de Barcelona, importante emblema de arte y cultura como cualquier otra ciudad grande de Europa. Pero este lugar también esconde una faceta underground que Almodóvar la hace sublime al retratarla por medio del cristal del taxi donde Manuela busca con la mirada a su amiga. Después de varios túneles, un terreno aislado se encuentra invadido por autos y motocicletas. Tal cual “criaturas de la noche” los travestis se abren paso ante un circulo de vehículos que giran y giran como el vicio que ata a las protagonistas a permanecer en la única forma de vida que conocen. La escena la acompaña el músico senegalés Ismaël Lo con su tema Tajabone; la pieza que complementa la secuencia marca el lado sensible de Almodóvar. Esta escena concreta la vida del film.

Al mismo tiempo, son muchas las mujeres que participan en la obra, extraviadas en un laberinto extenso de situaciones que terminan conectándolas amistosamente con Manuela, el núcleo de la narración. Huma Rojo como indirecta causa de la muerte del hijo de Manuela; Agrado, la mujer en el cuerpo de hombre, como parte del pasado que trata de rememorar y en el que busca ayuda; y Rosa, una joven con un problema similar al de Manuela años atrás, aunque con una carga más pesada. Todas y cada una de ellas tan parecidas como distintas. La amistad resulta más bien una sátira de la vida, absurda como la referencia usada al comienzo de esta crítica.

Almodóvar define una forma particular de hacer cine. Auténtico en moldear sus guiones y protagonistas; infinitamente atraído por lo que en su país de origen (España) era un gallo tapado ante la autoridad militarista. Si discurso narrativo explora en lo prohibido aunque con magistral desempeño; haciendo la referencia de la mujer, una constante y digna oda en la que el autor les agradece eternamente.



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