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Valera, Trujillo, Venezuela
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viernes, 21 de octubre de 2011

Documental venezolano: Erase una vez... Un Barco

El director venezolano Alfredo Anzola, autor de films como Se Solicita Muchacha de Buena Presencia y Motorizado con Moto Propia (1977) Coctel de Camarones (1984) y De Cómo Anita Camacho Quiso Levantarse a Marino Méndez (1986), retorna a la pantalla grande en la faceta cinematográfica que experimentó en su comienzos. En esta ocasión estrena su película Erase una vez un Barco, documental que retrata la vida y el trabajo de numerosas personas que construyen peñeros en la costa del oriente del país. La cinta cuenta con la colaboración del reconocido actor y humorista Emilio Lovera quién cumple con la labor de contarnos esta conmovedora historia a través de las playas venezolanas.

El film se encuentra actualmente en las carteleras del país. Así que, consulten las suyas.



martes, 18 de octubre de 2011

Chico y Rita: Trueba, música y animación

Fernando Trueba, junto al diseñador Javier Mariscal, realizaron una de las cintas más hermosas y románticas ha podido ofrecer la 15 edición del Festival de Cine Español en Venezuela. La génesis de esta idea se remonta al 2003, unos años después de que Trueba realizara aquel documental titulado Calle 54, el cual reagrupa a todas las figuras (vivas hasta el momento) más emblemáticas e importantes del Jazz latino. Esta experiencia, y su amor por la música cubana, lo llevaron a elaborar la idea de una cinta de ficción ambientada en La Habana de los años 40s. El resultado es una colección exquisita de una historia de amor, un riguroso trabajo de animación, así como también la música que acompaña la obra bajo las órdenes de Bebo Valdés. Una corriente de sonoridades que transitan por las calles tanto de La Habana como de Nueva York, inmersas de guaguancó, jazz, boleros y demás.

La trama se concentra en relatar la historia de amor de Chico y Rita, dos jóvenes cubanos que se juntan por primera vez gracias al hecho de ser amantes de la música y que se disponen a cumplir sus sueños y triunfar a como dé lugar; uno como intérprete y compositor y la otra como cantante. Su vida resulta ser un vaivén de situaciones que los unen y separan constantemente mientras los obstáculos se interponen en su vida.

El guión peca de repetitivo en determinadas circunstancias por este hecho de reencontrar y separar a los personajes, sin embargo, el transcurso de la cinta causa un efecto totalmente entretenido hasta su final al enriquecerse de la “participación” de importantes figuras de la escena musical de los años 40s y 50s como Dizzy Gillespie y Tito Puente. A esto le agregamos la labor artística de Javier Mariscal, el diseñador español que se ha sumergido en el cine de una manera tan apasionada que sus dibujos y animaciones complacen al espectador recreando una atmosfera urbana verosímil, cautivadora y noble.

Fernando Trueba, luego de venir de su película El baile de la Victoria, la cual no convenció a la crítica, retorna a su caprichosa pasión musical aplicada en Calle 54. Este director es un melómano capaz de canalizar sus dotes de artista para llevar de la mano ambas artes sin descuidar la importancia del lenguaje cinematográfico y el de la partitura. El director se ha reencontrado con la música de una forma tan contundente que reitera la singularidad de su filmografía, tan diversa como la selección de géneros musicales que escoge para esta cinta así como también el reencuentro de la más digna y beneficiosa mezcla. Su dirección se desplaza en el ambiente de una época prolífica de la música cubana y norteamericana, recreando las virtudes y el acabado artístico de las fusiones sonoras mientras cuenta la relación de Chico y Rita, trepidante como el Jazz y romántica como el bolero.

La producción sin duda es un regalo de estos realizadores que han rescatado una época dorada, imposible de olvidar y que en definitiva es una divertida y seductora película hecha con el cariño más grande que se le puede depositar a una creación.